martes, 1 de agosto de 2017

Un cuento y un Abanico pintado a mano

El Abanico:Un cuento sobre el Respeto          

   
Un rico marqués que vivía en la Nueva España había decidido casarse finalmente. Estaba a punto de cumplir cuarenta años y pensó que era momento de sentar cabeza. Su título nobiliario era uno de los más importantes del Virreinato; era muy guapo, pero estaba cansado de tantas aventuras y viajes y deseaba fundar una familia estable.

Su decisión dio mucho de qué hablar entre los aristócratas. Distinguidas damas trataron de seducirlo, pero él no daba su brazo a torcer. Pasaban los días, las semanas y los meses y él seguía sin elegir esposa. “¿Hasta cuándo vas a seleccionar a tu señora?” le preguntaban sus amigos. “Hasta que encuentre a la mujer que busco”, les respondía.

Ellos trataban de ayudarlo en su selección mencionando a las mejores opciones. “¿No es muy guapa la condesita de Mina de Oro?” le dijeron. “Sí, pero se ocupa demasiado de sus joyas y sus trajes”, repuso él. “¿Y la baronesa del Iris?”, inquirieron. “Siempre está pensando en su belleza y cree que con el matrimonio se marchita”, respondió. “¿Y qué nos dices de la marquesa de Cumbre-Nevada? Es una verdadera santa”, insistieron. “Pues sí… pero pasa todo el día en la Iglesia y preferiría escuchar un sermón que cuidar a su hijo” pretextó él. Todos pensaban que el matrimonio jamás se llevaría a cabo y que el marqués vería blanquear su cabello con las canas de un solterón.

Una noche de aquellas se ofreció un fastuoso baile en la embajada de Inglaterra, donde se reunió la crema y nata de la sociedad hispana. El marqués se encontraba en el comedor y allí también se hallaba la joven condesita del Valle de Oro tomando el té con sus amigas. No era muy hermosa, ni muy rica, ni muy importante. Huérfana de madre, vivía sola con su padre, un prestigiado caballero.

Eran los meses más calurosos del año y la condesita sacó de su bolso un abanico. “¡Qué hermoso!” le dijo una de sus amigas. Ella le contestó: “No me digas. Estoy encantada con él, lo cuido como a la niña de mis ojos. Me lo regaló mi padre por el día de mi santo; lo compró en París y todo es un primor: la tela, la pintura, las varillas…” El resto del grupo se acercó a admirarlo. En el mismo momento un sirviente de la casa cruzó el comedor cargando una pesada bandeja con helados. Se tropezó y chocó con el abanico abierto que quedó hecho pedazos.




Las amigas lo insultaron a voces. “¡Qué bruto!”, “¡Qué animal tan grande!”, “¡Pareces ciego!”, le dijeron. El pobre empleado estaba rojo de vergüenza, sudaba de la pena y apenas podía pronunciar palabra. La condesita salió en su defensa: “Oigan, no lo ofendan ni le falten al respeto. Y usted no se mortifique, la culpa fue nuestra por estorbar el paso”. Con delicadeza recogió los fragmentos del abanico.

El marqués, que había presenciado todo, supo que había encontrado a la mujer de su vida. Tres meses después se celebraron sus bodas. En la sala principal del palacio, dentro de una vitrina, se exhibía el abanico roto.



Ycon este Abanico en blanco me voy de vacaciones y a ver que pasa en septiembre con el.

Feliz mes de agosto para todos...nos vemos ya mismo

Un millón de abrazos